FALSAS APARIENCIAS
Aquella noche salió al descansillo con la basura y la puerta se cerró. Era una noche tranquila, no hacía viento, ni siquiera brisa. No tenía llaves, no había nadie en casa y no llevaba nada encima.
Fue a casa de su vecina, que tenía una copia de las llaves. Pasó y la vecina, muy amable, le puso un café y le invitó a unas pastas. La vecina siempre fue buena amiga de la familia y siempre le trató muy bien.
Al llegar a casa se dio cuenta de que se sentía mal. El chico se dirigió a la cocina y se desmayó, recordando aquellas palabras que le dijo su vecina: “Nunca volverás a tomar un café tan bueno”.
